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Full text of "La ilustración Guatemalteca"

[ONDON HOÜSE: 

WHJARKSaC? 

628c65MARKLANE.£C. 



dEBBZ 



MARCAS DE VENTA: 



JEREZ DULCES 

Jerez PÁLIDO. Jerez Fino. Jerez Raya. ; pedroXiménez Superior. Moscatel Fino. 
Jerez Oloroso. Jerez Amoroso. , Moscatel Superior. Pedro Ximénkz. 



7VíHr>lZKISILL,KS 

Manzanilla. Manzanilla Olorosa. 
Manzanilla Superior. 

h71itontill.7ídos 
Amontillado Superior. 

Amontillado Pasado. 
Amontillado Fino. 

selectos 

Tres Cortados. India (Navegado). 

Palo Cortat^'i ri'ic '"""-'tados. 



COG NKC 

Una * Dos * )f Tres • ¥ • 

ESPECIKLIDTÍDES 

San Jorge (Raya gorda). 

Infanta (Amon.) Elixir Exquisito (Amon.) 

El Alguacil (Oloroso fiuo). 

Victoria Regina (Solera Vieja). 

Pedro Ximénez (Viejísimo). 

Vino para Consagrar. Vino para Enfkrmos. 

Non Pii-s T'i.tra. 



Los pedidos se harán á la casa de Jerez. 

Estos vinos se bailan de venta en todo almacén de importancia. 



Ángel J. Espert, 



Agente General 



w 

/ 




ir-" 



I 



% 



A Ilustración DEL PACifico 





AÑO 11. 



Guatemala, i de Junio de i8 



No. 42 



REVISTA QUINCENAL 

SíGUERR & CÍA., Editores Propietarios. 

Dr. Ramón A. Salazar, Director 

Oficinas y Talleres : 6a. Ave. Sur No. i i - 



Suscripción : Un año en la República, pago adelantado. ...$10.00 

" " en el Exterior " " .... 12.00 

Número suelto 50 centavos. 

I,a Suscripción puede comenzar en cualquier época. 

Todo pago prectsameotc adelantado. 



C«íRRESPONDENClA : Para todo lo relativo á la Redacción y Ad- 
ministración económica, dirigirse á los Editores, 

SÍGUERE & CÍA. 

Apartado de Correo No. 12. Guatiímala, C. A, 

No se devuelven los originales que se nos remitan. 

Í.as artes cerámicas. 

( C o n c / II s i ó )i . ) 
El. kaolín. 

Respecto á la explotación industrial de este 
arte, nada digo, puesto que es sabido que el 
sinnúmero de fábricas de propiedad particular 
establecidas en Europa, producen y venden sin 
grandes esfuerzos muchos cientos de millones 
de francos, marcos y libras, siendo las Américas 
sus más asiduos consumidores. 

La base de los materiales que sirven para la 
fabricación de la cerámica en general (excep- 
ción hecha del viejo Sévres que ya no se hace) 
es la arcilla. La naturaleza del producto de- 
pende de la especie de la arcilla, de las sustan- 
cias que se le mezclan y del grado de calor que 
se emplea para la cocción. Todas las clases 
de loza llamadas gres, tierra de pipas, tierra 
de fuego, faience, porcelana, porcelana ingle- 
sa, etc., son parientas muy cercanas las unas de 
las otras, y sus caracteres diferentes dependen 



del grado de fusibilidad de las materias emplea- 
das y del calor empleado para cocerlas. 

La fabricación de las porcelanas exige ma- 
yor cuidado en la elección y preparación de los 
materiales, y mayor habilidad en los obreros, 
que en el resto de la cerámica. Los mejores 
materiales son el Kaolín, la arcilla conocida con 
el nombre de tierra de pipas, el cuarzo ó silice 
y el feldespato. El Kaolín y el cuarzo dan la 
dureza, la arcilla y 'el feldespato dan el fun- 
dente necesario y la cohesión. Las proporcio- 
nes .sería imposible fijarlas en este momento, 
pues esto depende de la finura y calidad de las 
materias de que se disponga. 

El Kaolin contiene generalmente, además de 
las materias orgánicas que toda tierra lleva en 
sí, pequeñas partículas ferrugino.sas que se 
presentan muchas veces bajo la forma de man- 
chas grises ó negras en el momento de la 
cocción y que deprecian considerablemente el 
valor comercial de los objetos fabricados. Este 
es asunto de suma importancia, que merece 
toda la atención del industrial y bien difícil de 
atacar con éxito, aunque no imposible. 

En Guatemala existen todos los elementos 
necesarios para el establecimiento de industrias 
de este género, y tal vez con ventajas sobre 
otros países, por el hecho de que siendo el 
Kaolin el elemento más principal y difícil no 
solo para hallarlo, sino para ponerlo en el 
estado de limpieza necesaria al buen resultado ; 
esta materia se encuentra en diferentes zonas 
de la República en una abundancia inusitada 
y en un grado tal de pureza como no hay ejem- 
plo en país alguno. 

Si para esfa industria hubiese necesidad de 
usar el carbón de piedra, como ocurre general- 



LA ILUSTRACIÓN DEL PACÍI-ICO 



mente con las demás, todos los estudios y 
sacrificios serían inútiles, puesto que habría 
que importarlo, y su elevado costo neutrali- 
zaría los resultados mercantiles. Aquí no 
existe este precioso elemento, no obstante los 
tantos hallazgos y denuncias hechas y publi- 
cadas por naturales y extranjeros. Todavía 
no hemos encontrado á un solo aficionado á 
estos estudios, que no sea po.seedor (con la 
imaginación^ de una cuenca hullera de gran- 
des dimensiones y de excelente calidad. 

No ocurre lo mismo con el Kaolín, éste se 
encuentra á cada paso, y como antes decimos, 
en tan buen estado, químicamente mirado, que 
podríamos desde luego asegurar buen éxito tn 
su empleo relativamente inmediato, sin ver.'^e 
obligados á las grandes pérdidas de tiempo, 
invertido en la manipulación de los pudrideros 
como generalmente ocurre. 

Es verdad, que para el montage y diretcióti 
de una industria así, no es suficiente la buena 
voluntad y los fondos necesarios ; no es sufi- 
ciente decir ".soy Ingeniero," como general- 
mente ocurre con los mil que pululan por el 
país, sin más condiciones ni títulos que su 
audacia y la garantía de chapurrar malamente 
el castellano ; es indispensable un personal sea 
del país que fuere, sino abundante ó nume- 
roso, que sea conocedor perfecto en ttoría y en 
práctica de este delicado cuanto bello y lucra- 
tivo asunto ; y á nuestro juicio, este es muy 
fácil adquirirlo con todas las garantías y segu- 
ridades que el caso requiere. 

El establecimiento de ésta ú otras mil indus- 
trias á que se presta muy bien el país, sin tener 
que recurrir á grandes elementos extranjeros, 
no quiere decir que se abandone ni en todo ni 
en parte el sistema e.stablecido para asegurar 
los justos rendimientos de los capitales inver- 
tidos en la agricultura ; pero creemos firme- 
mente que ésta no debe estar circunscrita sola- 
mente al café. Hay algo más, y aun algos, en 
que fijar la atención sin abandonar aquél. Da- 
das las grandes condiciones del suelo, el trigo, 
el centeno, la cebada, el lino, el cáílamo. la 
aceituna, el hule, las papas, las colmenas, y 
mil productos más, serían un manantial ina- 
gotable de riqueza para el país. 

De los productos citados, el que más condi- 
ciones reúne para la explotación, es sin dvtda 



el trigo ; aunque no sea má.-ique i>or la circuns- 
tancia especial de la precisión casi matemática 
con que se suceden en estos paí.ses las estacio- 
nes de lluvia y .sequía, sin contar lo fácil y 
rudimentario de su cuido, su gran rendimiento 
y facilidaden la venta, como artículo de pri- 
mera necesidad. 

Entre las riquezas naturales del país que son 
infinitas, hay algunas que pasan dcsaptrcibi- 
das para la generalidad ; hablamos entre otias 
de las innumerables plantas textiles, que ni 
aun se han intentado ensayar en averiguación 
de su utilidad <> aplicación. Estas constituyen 
una verdadera riqueza, que lo .serían mucho 
mayor en el momento de beneficiarse indus- 
trialmente. Como ejemplo análogo, citaremos 
lo ocurrido en el Mediodía de España, Marrue- 
cos y Argelia con el esparto. No hace mu- 
chos años, se consideraba como una verdadera 
desgracia para e.stos países la invasión inme- 
morial de los campos por esta planta filamen- 
tosa, tan abundante y expontánea como lítil 
después. Nadie la sembró ni cuidó ; y se hicie- 
ron esfuerzos inauditos, ya por medio de poten- 
tes roturaciones, ya por el fuego y otros medios, 
para hacer desaparecer este producto inapli- 
cable entonces, á excepción de los valencianos 
que lo utilizaban en esteras, cestas y .sogas. 
Antes de 1860 comenzaron los ingleses á usar 
esta planta con grandes éxitos en los terciope- 
los de Utrech y otros tegidos ; y desde enton- 
ces se establecieron en estos países fuertes 
casas para la explotación de esta preciosa ma- 
teria, la cual casi ha desaparecido por completo 
en España, no sin haber alcanzado precios fa- 
bulosos, y constituyendo por tanto una riqueza 
tan enorme como inesperada. 

No nos ocuparemos de los ricos minerales 
que atesora la República, porque no entra en 
la índole del pequeño esbozo que hemos inten- 
tado ; pero no dejaremos la pluma .sin hacer 
constar, que hemos visto análisis practicados 
por facultativos inteligentes acusando grandes 
rendimientos en minerales de Oro, Plata, Ci- 
nabrio, Cobre gris y rojo, Antimonio, Estaño 
y otroü ; pero e.ste asunto lo remitimos á la 
bien cortada pluma de don Ignacio Solis cuya 
competencia no necesitamos encomiar. 



OrATnMAi.A, Mayo de 1898. 



n. 



/ 




Joña Tsuiéa Martínez sle Tsóraez 



' >ftt 






N'nhU-Bvf llano. I-'kIok. 



\ 



LA IL US TRA CION DEL f'A CIFICO 



253 



€a Suegra be Paco. 

k UENTAME, cuéntame ¿conque te 

Wp casaste ? 
T*^ — Me casé. 

— ¿ Y es bonita tu mujer ? 

— Creo que sí. 

— i Hombre ! ¿ no estás seguro ? 

— Cuando la conocí me pareció deliciosa... 
¡ pero hace tanto tiempo ! 

■ — ¿Cuándo se perpetró... eso? 

— Tres años hará de nuestro matrimonio el 
día de Nuestra Señora... de las Angustias. 

— Tres años... y te parece mucho? 

— Tanto, que tengo 3'a una idea aproximada 
de la eternidad. 

— ¡ Ah ! i vamos ! ¡ ya comprendo ! segura- 
mente tendrás una mujer que... i vamos ! 

— Te equivocas ; tengo tres. 

— ¡ Zapateta ! ¡ polígamo ! 

— Digo que tengo tres, porque con nosotros 
vive, si aquello es vivir, mi suegra y mi cuñada, 
que se han confabulado en contra mía y me 
hacen pasar las de Caín. 

— Pero, ¿ porqué no las pones de patitas en 
la calle ? 

— Lo he intentado varias veces, pero inútil- 
mente. Me siguen á todas partes. Huyendo 
de ellas me fui al África austral, y un día se 
me aparecieron en las faldas de las montañas 
del Sol, dejándome frío, cosa rara en aquel 
clima. 

— ¿ Y qué hacían entre aquellos salvajes? 

— Eso es lo que yo me preguntaba, y hasta 
me asaltó la idea de que no hubiesen ido á vi- 
sitar... á su familia, pero no tardé en caer de 
mi burro. El único objeto que las había lle- 
vado al Congo, era yo, aunque mal me esté el 
decirlo, y después de recorrer el país en todas 
direcciones, expuestas á que los naturales las 
faltasen, dieron por fin conmigo, y aún me pá- 
rese mentira que no me desollaran vivo, i Cas. 
pita ! todavía se me ponen las carnes de gallina, 
al recordar el gesto que hizo mi excelente sue- 
gra. Sus ojos llameaban y sus afiladas uñas 
amenazaban clavarse en mi rostro. — Pronto 
olvidó usted la Epístola de San Pablo, exclamó 
con una sonrisa siniestra. — ¿ La Epístola de 
San Pablo? dije yo, perplejo. — Si, señor, repu- 
so la excelente señora, dándome un pellizco 



africano : porque parece que se sorprende usted 
de vernos aquí en plena Nigricia, entre salva- 
jes... — ¡ Al contrario ! repliqué ; lo que me sor- 
prendía era verlas en un país civilizado... Mi 
suegra lanzó un bufido y continuó : — La Epís- 
tola de San Pablo dice que la mujer, la suegra 
y la cuñada debe seguir al marido... Recordé 
efectivamente, que el cura, al casarme, me ha- 
bía hablado de suegras y cuñadas, ampliando 
de un modo escandaloso el texto santo, y ce- 
diendo, sin duda, á exigencias de la madre de 
mi mujer. Bajé la cabeza, lancé un suspiro 
y me resigné á cargar de nuevo con aquella 
pesada cruz... matrimonial. 

— ¿ Y no hiciste nada por deshacerte de tan 
fastidiosa compañía ? 

— Tentaciones me dieron de precipitarlas 
desde una de las cimas de la Sierra Tamba ó 
de arrojarlas de cabeza á las aguas del Nurse ; 
pero me contuve, en la esperanza de que pudie- 
ra librarme de ellas sin necesidad de recurrir á 
tan violentos extremos. — ¡Quién sabe, me dije, 
si no consigo que Su Majestad el Rey del Con- 
go se enamore de las dos y se case con ellas I 
se lo pediré como un servicio especial, y las 
conduje con engaños á Banza Congo, capital 
de aquel reino de descamisados ; pero ¡ ay ! la 
simplicidad del traje que usaban los habitantes 
del país traían escandalizadas á las buenas 
señoras y no hubo medio de convencerlas del 
grandísimo honor que reportaría á la familia 
un matrimonio regio. Desairaron á Su Majes- 
tad, que no se mostraba indiferente á los encan- 
tos físicos de mi suegra 5- cuñadita, y me obli- 
garon á volver á Europa. 

— Pero ¿ y tu mujer ? 

— Pues nada, mi mujer seguía en París con 
el amigo López. 

— ¿ En París ? ¿ con el amigo López ? | des- 
graciado ! ¿ y quién es el amigo López ? 

— Un excelente sujeto, incapaz de faltar á 
nadie. El es el que me hizo casar con Susana. 
Estando los dos paseando un día por un merca- 
do de flores de París, descubrimos á pocos pasos 
de nosotros una preciosa chica, que nos hizo el 
efecto de una mariposa revolando entre rosas 
y claveles... — Deliciosa criatura ! dijo López — 
i Deliciosa criatura I repetí yo, como un eco. 
— ¡ Qué ojos ! — ¡ Qué perfil I — ¡ Qué curvas ! 
— i Qué mejillas ! apuesto á que vienen á humi- 



234 



LA ILUSTRACIÓN DEL PACIFICO 



llar á las rosas. — ¡ V qué labios ! apuesto á que 
vienen á dar envidia á los claveles ! En fin, 
que nos entusiasmamos y la seguimos. 

— Pero... ¿iba sola ? 

— Se había separado un momento de una 
señora de alguna edad y de una joven algo des- 
garbada y vizca. Nos acercamos á las tres, 
estuvimos hechando. piropos á la más bonita, 
que fueron contestados con sonri.sas hechice- 
ras, y aquella noche... aquella noche López 
agotó toda su elocuencia para convencerme de 
la necesidad que tenía yo de tomar estado. — 
El hombre soltero, me decía, es un ser incom- 
pleto, y la prueba está en que el hombre y la 
mujer no forman más que una unidad... ~0 
una desiinidad, observé yo, filosóficamente. — 
Déjate de epigramas, exclamó el excelente 
amigo López ; hablando de la mujer propia, 
¿ no se dice mi cara mitad f ¿ y por qué se dice 
mi cara mitad ? — Sin duda porque en el matri- 
monio es la niilad que resulta más cara, con- 
testé. — I Bah ! vuelvo á decirte que te dejes de 
epigramas... prematuros: tiempo te quedará, 
después de casado, para disparar satirillas con- 
tra el lazo conyugal. Dios ha puesto al hom- 
bre en el mundo para perpetuar la especie, y 
si el hombre permaneciese toda la vida soltero, 
se acabaría la humanidad. — i Quién sabe ! me 
atreví á decir, haciendo un gesto de duda — 
Nada, nada, exclamó el excelente amigo López, 
¡ á casarse tocan ! mañana pedimos la mano de 
esa chica y dentro de ocho días .. dentro de 
ocho días nos casamos. — ¿Cómo que nos casa- 
mos f dije yo, en son de protesta. — Es un de- 
cir... agregó el excelente amigo López; para 
probarte cuánto me identifico contigo, por la 
amistad que nos une, he hablado en plural, y 
haces malísimamente en estar ya celoso ; tus 
celos, como tus epigramas, son prematuros... 
deja unos y otros para más tarde. 

— ¿ Pues sabes que es una ganga el tal 
amiguito ? 

— Un amigo como hay pocos. Viendo mis 
vacilaciones y desconfianzas, empezó á ponde- 
rarme la belleza de la chica, su recato, su aire 
distinguido y la felicidad que me esperaba en 
sus brazos. 

— ¡ Diantre ! ¿ y por qué no se casaba él con 
la chica ? 

— Había un pequeño inconveniente... 
( 



—¿Cuál? 

— Que el amigo López era casado. 

— ¿ Y su mujer vivía en París ? 

— No, se había escapado con un vice-almi- 
rante portugués. 

— ¿ Y no trató de perseguir á la prófuga ? 

— ¡ Bah ! el amigo López es muy despreo- 
cupado, y, lo que él dice : á esposa que se esca- 
pa, puente de oro. 

— ¡ Vaya con el amigo López ! 

— El caso es que me catequizó y que á los 
ocho días daba la mano á Susana, que estaba 
radiante de hermosura con su traje blanco y 
su corona de azahares... Y fui feliz, todo lo 
feliz que .se puede ser en la tierra en brazos de 
un ángel. Pero ¡ ay ! la luna de miel duró 
poco, unos días... no recuerdo fijamente cuán- 
tos, creo que tres, porque me parece que á los 
tres días Susana me llamó fastidioso y ridículo 
porque la quise besar, y mi suegra y mi cuñada 
me pusieron como chupa de dómine por mi... 
incontinencia. Y empezaron los disgustos á 
diario. Para no sufrir reproches é impertinen- 
cias, me escapaba á menudo de casa. Pero 
j ay ! mientras el excelente amigo López .se 
quedaba en ella consolando á mi mujer, mi 
suegra se echaba en busca mía, y no había 
ejemplo, así estuviese oculto en el subsuelo de 
París, de que no diese conmigo. 

— ¿ Y qué sucedía entonces ? 

— Lo que puedes imaginarte : primero una 
rociada de insultos ilustrados con arañazos, y 
luego... luego á casita, poco menos que atado 
codo con codo. Mi existencia se hacía inso- 
portable, y llegué á pensar en el suicidio ; pero 
reflexioné que mi suegra era muy capaz de 
seguir el mismo camino, para traerme del otro 
mundo, de una oteja, y entonces me acordé 
del Congo. Es el único refugio ()ue me queda, 
pensé ; despistando á mi suegra no será fácil 
que adivine á dónde he ido y podré vivir tran- 
quilo entre los salvajes... de allá. Y dicho y 
hecho ; desaparecí de la noche á la mañana de 
París y viví venturoso en tierra africana, hasta 
que tuve aquel desagradable encuentro en las 
faldas de las montañas del Sol, donde había 
sido más feliz que en las faldas... de mi mujer. 

— Y de vuelta en París. ¿ Cómo te recibió 
Susana ? 

— Con una piedra en cada mano. 



(S?^ 




^v^ 



Sotografla " SP gigPo ^^." le eN. g;. ■^afiea>SieffQno. 



LA ILUSTRACIÓN DEL PACIFICO 



255 



— Estaría furiosa, ¿eh? 

— Furiosísima, pero no precisamente contra 
mí, sino contra su mamá y su hermanita, por 
la desgraciada ocurrencia que habían tenido de 
traerme del Congo. 

— (i Y el amigo López ? 

— Pues el excelente amigo López se alegró 
de verme ; lo único que sintió es que no me 
hubiese quedado en las montanas del Sol. 

— i Y no se le pasó el enojo á tu mujer ? 

— AI contrario, fué en aumento, hasta que 
no pude más, y un día desaparecí de París, 
tomando tales precauciones para que nadie su- 
piera mi paradero, que ni á mí mismo me dije 
á dónde iba. 

— ¡ Hombre ! 

— Algún tiempo después me encontraba en 
una de las comarcas que forman la cuenca 
superior del Nilo, entre el quinto grado de 
latitud Sud y el tercer grado de latitud Norte, 
que es hasta donde han podido llegar hasta 
ahora la ciencia... y los yernos fugitivos, en 
sus tentativas de exploración y de evasión. — 
No es posible, me decía con íntimo regodeo, 
que mi excelente señora suegra me busque en 
estas ignoradas regiones y ponga su atrevida 
planta donde no la han puesto ni los mismísi- 
mos ingleses Speke y Baker. Pero i ay ! no 
conocía á mi suegra. Un día siguiendo el cur- 
so de uno de los brazos del famoso río, y cuando 
más descuidado e.staba, me encontré junto al 
lago Luta Nzige ¿con quién dirás? pues con 
mi suegra, que departía amigablemente con 
unos negrazos. Verla y poner pies en polvo- 
rosa, todo fué uno ; pero no me valieron mis 
piernas, porque cayó sobre mí una nube de 
africanos, y, quieras que no quieras, me con- 
dujeron á presencia de mi mamá política, que, 
en el umbral de una miserable choza, estaba 
saboreando ya el placer de la venganza. 

— Pero, ¿ sabes que tienes una suegra inve- 
rosímil ? 

— Renuncio á describirte la escena que si- 
guió ; llovieron sobre mí tantos palos, que mis 
"espaldas quedaron convertidas en un sacro co- 
legio cardenalicio. Entonces cruzó por mi 
mente la misma idea que ya me había asal- 
tado en las cimas de la Sierra Tamba j' á orillas 
del río Nurse. — Arrojaré mi suegra al Nilo, me 
dije, para que vaya á hacer compañía á los co- 



codrilos ; pero de súbito me acudió otra idea, 
y, con el rpstro radiante de alegría, rechacé 
mis proyectos de venganza, j Qué diantre ! la 
ciencia es lo primero... 

— Chico, me parece que estás desvariando ; 
no comprendo una palabra de lo que dices. 

— Me explicaré ; sigue prestándome atención. 

— Continúa, Paco. 

— Traté de amansar á mi suegra, y, una vez 
hechas las paces, resolvimos de común acuerdo 
volver á Europa. Pero antes quiso la exce- 
lente .señora conocer bien los países que riega 
el Nilo y seguir á éste en todo su curso. Ac- 
cedí, y á través de no pocas penalidades y 
fatigas, penetramos por fin en el país de los 
Faraones y llegamos á una de las bocas del 
Nilo ; poco después nos embarcamos para Fran- 
cia y en un esplendoroso día de primavera lle- 
gamos á París. 

— Supongo que te alegrarías de verte otra 
vez en tu casa. 

— Como si estuviese en casa del dentista ; 
no obstante, tenía mi idea, y ella era la que 
fortalecía mi espíritu y me hacía soportable 
aquella vida de perros. Ahuciaba la gloria y 
no hay gloria sin martirio. 

— Vuelves á desvariar. 

— Te equivocas ; déjame que concluya. Un 
día mi suegra me dijo ; — Ya se habrá conven- 
cido usted de que es inútil que trate de romper 
su cadena. Aunque se encontrara usted en 
los mismísimos anillos de Saturno ó en las 
entrañas del Sol, allí iría á buscarle y de allí 
le traería al lado de su mujer. 

— ¿ Y qué le respondiste ? 

Nada ; agaché la cabeza y lancé un sus- 
piro profundo, como dando á entender que 
estaba dispuesto al sacrificio. Y transcurrieron 
varios días, sin que ocurriera nada digno de 
mención... ni siquiera un pellizco. Mi suegra 
estaba satisfecha de mí, y cuando una suegra 
está satisfecha de su yerno... j calcula tú lo que 
será del infeliz ! Mi mujer, por su parte, desde 
que el excelente amigo López se había esca- 
pado con una diva rusa, se mostraba algo más 
humana conmigo y me permitía de vez en 
cuando, con anuencia de su mamá, que robase 
un beso á sus labios de carmín. Todo mar- 
chaba á las mil maravillas y auguraba á mi 
idea científica un resultado maravilloso. 



256 



LA ILUSTRACIÓN DEL PACIFICO 



— ¿ Otra vez ? Paco : tú no estás bien de la 
cabeza. 

—No creas, aunque me casé con Susana, 
estoy en mis cabales. Prosigo. Pero antes de 
pasar adelante, debo prevenirte una co-sa, y es 
que mi suegra idolatra á su hija, y por abe- 
rrarla una lágrima, es capaz de todo, hasta de 
quererme. Yo no sé que diablos pasó con el 
excelente amigo López, pero es el caso que 
desde que él se alejó de casa, mi mujer era 
otra. Ahora bien, tú comprenderás que, ha- 
biendo recobrado en parte el carino de mi mu- 
jer, escaparme otra vez del hogar habría sido 
un crimen que jamás me hubiera perdonado 
mi suegra y me habría bu.scado hasta en las 
mismas entrañas de nuestro esferoide. 

— Es natural. 

— Pues bien, hace poco más de un mes me 
oculté en un sitio que juzgué completamente 
seguro. 

— ¿ Donde ? 

— En mi misma casa ; y envié por conducto 
de una sirvienta discreta y complaciente la 
siguiente carta á mi mamá política : 

" Señora : 

" Estoy harto de usted, y de su hija, y de 
toda su casta. 

" Me escapo y esta vez la desafío á que dé 
conmigo. 

"Si ha sido u.sted capaz de llegar hasta las 
fuentes del Nilo, en persecución mía, y no la 
han arredrado ni los ardores, ni las desnude- 
ces, ni los cocodrilos del país del Sol, la invito 
á que me busque usted en el Polo Norte, á 
donde, más afortunado que el noruego Nansen 
y que el sueco Andrée, pienso llegar para glo- 
ria de la ciencia y consuelo de los yernos per- 
seguidos. 

"Su irreconciliable enemigo. — Paco." 

— ¿ Y qué ? 

— Pues nada ; que la ciencia puede echar á 
vuelo las campanas, porque tengo la comple- 
tísima seguridad de que mi suegra, á estas 
fechas, ha rasgado el velo del misterio que 
oculta el Polo Norte, y vuelve exasperada, 
después de haberme buscado inútilmente en él. 

C.\SlMIRO Prikto. 

Papelería y Talleres de Síguere &. Cía.. 

6a. Ave. Sur No. II (Calle Real). 



Sucesos íontro CTmoricanos. 

I. l.a paz en Ccntro-.Vmérica. — II. KI señor Lainficsta. 
— III. Terremotos en Nicaragua. — IV. El proble- 
ma electoral. — V. Bibliografía.— VI. Defunción. 

I. 
¿j^OTIVO de justo júbilo hemos tenido 
vil ^" '°* pasados días por el pacífico arreglo 
'^•J^^del conflicto que surgiera entre Co.sta 
Rica y Nicaragua. Países latinos ambos, por 
idéntica raza poblados, con las mismas aspira- 
ciones, los mismos destinos, la misma lengua, 
la religión idéntica y hasta .semejantes desgra- 
cias ; y más afines todavía, y más hermanos aún 
como fragmentos ambos de la vieja y grande 
patria Centro- Americana, llamados por minis- 
terio de la naturaleza, noá la guerra ni al com- 
bate, no á la lucha execrable, sino á la paz y 
á la concordia, á la fraternidad y al común au- 
xilio en pro del común desarrollo y del común 
mejoramiento. 

Yo execro estas guerras Centro-Americanas, 
fruto de inexplicables miopías y de censura- 
bles egoí.smos ; yo las execro porque cada 
una de ellas viene á abrir llaga profunda y 
cuasi incurable en el sentimiento de nuestra 
alta nacionalidad, único que podrá llevarnos 
andando los tiempos á la grandeza que por ra- 
zón natural nos está destinada ; y las execro 
porque al distraer nuestras actividades de todo 
trabajo y de todo progreso, no sólo nos hunden 
en la ruina y en el desequilibrio internos, sino 
que nos desacreditan terribltmente ante los 
ojos extranjeros y cimentan más y más nuestra 
fama de incorregibles, de indiimitos, de beli- 
cosos y de atrasados en el sentido de preferir 
la lucha sangrienta y fratricida de las armas 
que abate y que denigra, á la lucha pacífica y 
bendita del trabajo y de la lil^ertad que trae 
progreso y engrandecimiento. 

Ha pasado por completo la sazón de las 
guerras Centro-Americanas. Costa Rica con su 
progreso solidí.simo, sus heroísmos en la guerra 
filibustera, y Nicaragua con su suelo fértil 5' 
hermoso y su porvenir brillantísimo, están 
llamados á cualquier cosa menos que á rom- 
perse el uno al otro en sanguinaria ¡lelea. Y 
ved como, contra todo torrente, contra toda 
lógica y contra todo sentido de moralidad y de 
conveniencia, se aprestaban ya las dos herma- 




Jotografia " Qf B'gfo ^^•" ^^ '^- ^' ^aPsleavscffano. 



LA ILUSTRACIÓN DEL PACIFICO 



257 



lias Repúblicas para el combate y requerían 
las mortíferas armas con ánimo de destrozarse. 
No había motivo bastante para tamaño aten- 
tado. No jugaban ahí, ni la honra sacratí- 
sima de la patria, ni la integridad de su suelo 
inconsiítil, ni nada que pudiera justificar la 
lucha ante los ojos de la historia im parcial, 
ante la vista de los espectadores extranjeros. 
Cuestiones de poca monta las cuestiones que 
los llevaban al campo de batalla, sin agotar 
los medios pacíficos, sin recurrir siquiera al 
medio humano y civilizador del arbitraje, único 
á que debe apelarse en Centro-América para 
dirimir interiores rencillas. Por eso Guate- 
mala — la positiva hermana mayor de la familia 
del Centro — la que no puede ver con indiferen- 
cia la suerte de estas repúblicas, intervino y 
llevó allá la voz de la prudencia y del patrio- 
tismo, y logró avenir á los campeones ya dis- 
puestos para el combate, y consiguió desarmar 
los ya aperados ejércitos y economizó torrentes 
de sangre Centro- Americana. 

II. 

Y la paz vino Bendita sea, como es ben- 
dito aquello que cede en bien de la humanidad 
y la eleva y la fortifica y la enaltece. Tocó á 
Guatemala realizarla ; y tocó á uno de los pri- 
meros ciudadanos de Guatemala, llevar el sim- 
bólico ramo de olivo á los lagos de Nicaragua, 
y á las ya incendiadas campiñas costarricenses. 

Yo celebré infinito la designación hecha en 
el señor Lainfiesta para .ser el personero de 
Guatemala en cuestión tan importante y tan 
ardua ; y lo celebré porque el señor Lainfiesta 
es una personalidad Centro-Americana digna 
de todo aprecio y cuya voz había de ser escu- 
chada con respstoen ambos países beligerantes. 
Y lo celebré también, porque ello significaba 
la vuelta de tan distinguido hombre público á 
la gestión de los intereses nacionales y á la es- 
fera de los negocios de la patria en que tan útil 
ha sido y será sin duda. ¿ Quién no sabe que 
el señor Lainfiesta ha desempeñado aquí, bri- 
llantemente, los primeros puestos, en la Asam- 
blea, de que ha sido Presidente, en el Ministe- 
rio que ha ejercido varias veces, en nuestra 
diplomacia, representando á Guatemala cum- 
plidamente en Washington, en la política Cen- 
tro-Americana, subscribiendo el pacto de 1889 



y siendo candidato á la Presidencia de Gua- 
temala, en la literatura con sus obras aprecia- 
bilisimas y en la prensa que para él ha sido 
sacerdocio ? 

Pues este hombre, este miembro eminente 
del partido liberal, no puede ni debe estar 
apartado de la cosa pública. 

Y en Costa Rica 5' en Nicaragua nos honró 
á todos. 

III. 

Mas si Nicaragua .salvó de los horrores de la 
guerra, no ha salvado de los horrores de una 
catástrofe espanto.sa, inevitable, imposible de 
prever, producida por las incontrarrestables y 
poderosísimas fuerzas interiores del planeta 
que se traducen en esos fenómenos tremendos 
y espanto.sos que se llaman terremotos, á los 
que es tan propenso este suelo Centro- Ameri- 
cano poblado de volcanes y situado sobre la 
zona donde los fenómenos y los meteoros son 
más fuertes, más grandes y más terribles. 

Triste privilegio el de estos países de presen- 
tar tan aterradoras muestras de la actividad 
interna del globo. Guatemala ha sido victima 
en pasados siglos de esas conmociones ; lo fué 
El Salvador varias veces, y lo ha sido otras 
tantas Nicaragua, algunas de cuyas ciudades 
yacen ahora por tierra, esperando que la acti- 
vidad reparadora del hombre vuelva á levan- 
tarlas. Sólo el trabajo y la paz, sólo un cons- 
tante afán y una dedicación constante pueden 
reparar los males que la naturaleza nos causa ; 
y yo erro que Nicaragua los reparará bien 
pronto, tanto más cuanto que veo con satis- 
facción, como se aprestan las Repúblicas her- 
manas á socorrerla en tan angustioso trance. 

IV. 

Si tan altamente hemos puesto nuestro nom- 
bre en la cuestión Centro-Americana recién pa- 
sada, debemos poner cuidado especialísimo en 
la sabia y atinada resolución de la cuestión 
guatemalteca presente, actual, palpitante con 
todo el interés de su vitalidad, de su importan- 
cia innegable y de su trascendencia suma. Ha- 
blo de la cuestión electoral. 

Yo deploro tan sólo que el partido liberal, el 
gran partido de la libertad, factor del progreso 
de la patria, .se encuentre dividido en esta oca- 
sión solemne. Y lo deploro principalmente 



258 



J.A ILUSTRACIÓN DEL PACIFICO 



porque de esta división funesta tienen de nacer 
confusiones terribles en el ánimo de la juven- 
tud y entre los hombres, rencores y odios más 
funestos todavía, como una tristísima expe- 
riencia nos lo dice. Mi palabra iría, pues, en 
la presente lucha electoral, á predicar tan sólo 
un nombre que para mí encarna el verbo 
del engrandecimiento de la patria : ¡ Unión ! 
¡ Unión entre los liberales ! 

Por lo demás, la cuestión electoral lia de 
resolverse pacíficamente, lo que j-a es mucho 
obtener y lo que ya es de celebrarse con júbilo. 
¡ No más guerras civiles ! No más derrama- 
miento de sangre nacional. Haya absoluta 
libertad de sufragio y venga el elegido de los 
pueblos — cualquiera que sea — y gobierne tran- 
quilamente. Y si procura por el adelanto y el 
bien estar de la patria, si respeta en ella las 
libertades públicas y las garantías individuales, 
si no cede al sistema funesto de los exclusivis- 
mos ni se embarca en aventuras peligrosas y 
mantiene la paz y el orden merecerá sin duda 
bien de la patria. 

V. 

Mas descansemos de la cuestión política, de 
suyo tan ardua, para hablar algo de lo que se 
relaciona con la dulce literatura, sino menos 
ardua, si más amena. Ha venido el último 
libro de Enrique Gómez Carrillo y ha venido 
¡ por desgracia ! á provocar conflictos y á pro- 
ducir disgustos que yo condeno como fruto de 
la imprudencia y de los nervios excitados. No 
trasciendan nunca las cuestiones literarias hasta 
el punto de traducirse en balas, porque demos- 
traremos, por lo menos, absoluta carencia de 
los hábitos de escribir, de discutir y criticar 
fríamente y de apreciar y soportar las crí- 
ticas. 

Nadie puede negar que Enrique Gómez 
Carrillo, si no un genio, si no todavía un 
eximio escritor, si es un joven de porvenir 
brillante de notabilísimas dotes, de reputación 
nada despreciable y de posición no insignifi- 
cante como literato. Joven en fin de mucha 
esperanza, honra de las patrias letras. No lo 
digo yo : dícenlo notables escritores europeos. 

Ha escrito varias obras, acogidas gustosa- 
mente por los que de literatura saben. Dis- 
tingüese entre ellas : "Sensaciones de Arte," 
"Literatura Extranjera" y " Almas y Cere- 



bros," esta última, verdadera joya en mi sentir 
humildísimo é incompetente. 

Su última producción ,se llama " Del Amor, 
del dolor y del vicio," título que me disgusta, 
entre otras cosas, por parecerme más propio de 
tratado de filosofía Schopeuaüeriana que de 
novela verista contemporánea. El libro está 
bien escrito : su argumento es interesante, pero 
sus pinturas y descripciones son inmorales y 
como inmorales, censurables. 

VI. 

Nota tristísima deberá pontr fin á esta revi.sla 
de sucesos centro-americanos. Una pérdida 
para la gran patria acabamos de .sufrir, un 
antiguo )■ venerable batallador por la idea de 
la nacionalidad acaba de abandonarnos. 

El Doctor don Lorenzo Montúfar, antorchri 
de la idea liberal y del verbo democrático, lu- 
chador infatigable por toda libertad y por todo 
progreso ha desaparecido de la escena de los 
vivos, dejando tras de sí luto inmenso en el 
corazón de sus conciudadanos y vacío profundo 
en las patrias letras. 

Era escritor eminente, de altísima talla. 
Cultivó de preferencia la Historia en la que 
era consumado maestro y escribió con pluma 
de prosador correcto y de castizo hablista siete 
tomos acerca de nuestros sucesos. Poseía la 
ciencia del derecho y dejó escrito un libro im- 
portante acerca de aquella rama de la ciencia 
pública denominada " Derecho Internacional." 
Desarrolló la Economía Política en tratado 
escrito magistralmente. V fué apóstol del pen- 
samiento liberal, por el que combatió cual 
peritísimo jefe, en la cátedra, en la tribuna, en 
la prensa y en innúmeros folletos iluminados 
todos por los fulgores vivísimos del pensa- 
miento libre. 

Paz á los restos del ilustre tribuno, y vida á 
su memoria veneranda en el corazón de todos 
los hijos de la América del Centro. 

Mayo de 1898. Ji'AN dk Mata. 

(£sccna be familia. 

— ¿ Cree usted que puedo mandar A la líxpo- 
sición e.ste cuadro de mi hija ? 

— Otros habrá peores. Pero esa niña no 
habrá tenido maestro. 

— No, seflor ; pinta de oído. 



1 




LA ILUSTRACIÓN DEL PACIFICO 



259 



(Estrofas. 



Vo vine al mundo, j ay de mí ! 
cuando recias tempestades 
turbaban las soledades 
del paraje en que nací. 
Doquiera que aquí y allí 
turbia lancé la mirada, 
aunque la vista empañada 
estaba aún en mis ojos, 
pude observar los abrojos 
de la vida comenzada. 

Juguete de la fortuna, 
voy por la vida cruzando, 
mis dolores lamentando 
desde que abordé á la cuna. 
Si he sentido dicha alguna 
que halague mi corazón, 
la agostó sin compasión 
el dardo del sufrimiento, 
como deshace violento 
las flores el aquilón. 



Para calmar mi agonía, 
me ha fingido la esperanza 
celajes en lontananza 
y trinos, luz, armonía. 
Pero un día y otro día 
veo callados pasar, 
y no alcanzo á contemplar 

ni celajes ni horizontes ; 

¡ allá están los mismos montes.. 
y aquí está el mismo pesar ! 



Y en medio de mi quebranto 
no se me ha dado siquiera 
ni la engañosa manera 
de hallar consuelo en el llanto. 
Si me quejo, con espanto 
oigo vibrar en mi oído 
interminable el quejido 
con que espresé mis dolores, 
que vuelve sin los favores 
de un pecho compadecido. 

Cada día en la contienda 
siento más rudo el embate, 
y mi espíritu se abate 
en esta lucha tremenda. 
Si hoy levanto aquí mi tienda, 

I dónde la alzaré mañana? 

i Inútilmente se afana 
la mente por descubrir 
lo que guarda el porvenir 
para la contienda humana ! 

Camino con paso incierto, 
por el temor acosado, 
cual teme al Simoun airado 



el árabe en el desierto. 
Con el oasis no acierto 
en que pueda descansar ; 
y contemplo sin cesar 
el cielo caliginoso, 
el desierto pedregoso, 
y oigo los aires bramar. 

Busqué amparo en la amistad, 
llamé al amigo mi hermano 
y mi pecho ni un arcano 
le ocultó, ni una ansiedad. 
Mas ¡ ay ! que la veleidad 
del amigo, en el amigo 
me hizo ver sólo un testigo 
que mis penas conocía 
y de mis penas reía 
fingiendo llorar conmigo ! 

Amé por la vez primera, 
y en mi pecho despertaron 
ilusiones que llevaron 
mi ansiedad á la quimera. 
Fué mi dicha pasajera, 
breve y fugaz la ilusión, 
porque mientras la pasión 
iba en el alma creciendo, 
sentí los celos mordiendo 
sin piedad mi corazón. 

Grito en vano : la voz mía 
se confunde en el tumulto 
que forma con ruido estulto 
la mundana gritería. 
No encuentro faro ni guía, 
ni un ser que me dé la mano, 
ni allá en el confín lejano 
la estrella con que el destino 
me indique cierto el camino 
por el báratro mundano. 



i Necio en mis afanes fui ! 
¿ A qué buscar con desvelo 
en este mentido suelo 
lo que está dentro de mí ? 
Desde que al mundo nací, 

en una luz desperté 

¡ Madre mía, no podré 
pagarte con mis amores 
los infinitos favores 
que me diste con la fé ! 

1898. Pío M. RlííPELR. 



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26o 



LA ILUSTRACIÓN DEL PACIFICO 



Poetas americanos. 

ENRieuE W. Fernández. 



st^ ACE unos días recibí un librito pequeíio 
\\ encuadernado como el Almanaque de 
" ' Gotha ó como las Guias de Baedeker, y 
correctamente impreso en Londres. Después 
de una amable dedicatoria del autor, leí la por- 
tada sencillísima : X'ersos de Enrique W. Fer- 
nández. Tomo II. Tras la dedicatoria, vienen 
unas cuantas páginas de elogios no muy calu- 
rosos ni entusiastas al señor W. Fernández, 
suscritos por varios escritores de fama. 

No me fío mucho de recomendaciones amis- 
tosas, porque no siendo yo literato de profesión, 
sino solamente periodista de los de última fila, 
creo y siento ( y lo practico siempre que la oca- 
sión se ofrece) que la literatura, el arte y todos 
los demás intereses que no pueden traer per- 
juicio de tercero, deben posponer.se á la amis- 
tad y al efecto humano, gracias á los cuales va 
uno defendiéndose en este mísero mundo. 

Declaro que no me siento capaz de reíiir con 
ningún amigo por causas puramente artísticas 
ó literarias, y que soy enemiguí.simo de las \\a- 
madas po/émicüi, en las cuales, aun el hombre 
de genio más templado y apacible, corre el 
peligro de trocarse en una rabanera procaz y 
desaforada. En suma, creo que el menor olise- 
quio, la más insignificante fineza que á un 
amigo se puede hacer, es la de alabar sus obras, 
aun cuando al contrario pien.sen los usureros 
de la crítica, más despreciables que los presta- 
mistas de callejuela, porque no regatean el 
dinero, que es difícil y áspero de lograr, sino 
la generosidad de boqiiilla, como dicen, ó de 
pico de pluma, que es la más sencilla y holgada 
liberalidad. Por consiguiente, pensando yode 
tal manera, no me extrañó la parquedad de los 
elogios al señor don Enrique W. Fernández, 
que no es amigo mío, ni siquiera le conozco de 
vista, pero que me parece un poeta digno de 
que se tome en cuenta ya, y de que se atienda 
al desarrollo de su ingenio sin duda lozano y 
grande. 

*** 

El sefior W. Fernández es Colombiano, de 
Medellín, pero aun siendo la República de 
Colombia el más fértil criadero de jxíetas y 



poetisas que en América existe, y Bogotá una 
especie de monte Helicón americano, el señor 
W. Fernández no es un vate cualquiera, sino 
que se distingue y sobresale, por cima de los 
otros, como ya dije .si mal no recuerdo, en este 
mismo sitio respecto de Ismael Enrique Ar- 
ciniegas. 

Yo tengo tema de que el nombre y los ape- 
llidos en muchos casos dan idea exacta de las 
personas : esta teoría ó lo que fuere, que aplico 
á algunos nombres ilustres, como Virgilio, 
Cervantes, Colón, Napoleón, Dumas, Prim, 
etc., etc., se me antoja aplicár.sela á don Enri- 
que W. Fernández, en cuyo nombre y apelli- 
dos creo ver la imagen psicológica del indivi- 
duo, ó mejor, del poeta así llamado. 

Lo de Fernández sólo indica la calidad de 
español, \ aun esa calidad no .se contrae al 
suelo de España, sino que es de un españo- 
lismo difuso, general, mundial, como dicen 
muchos que hablan .' espaTiol .' en América. 
Fernández sólo es un español nacido en tierra 
americana, con todos los defectos y todas las 
buenas cualidades que resultan de la adapta- 
ción de la raza al medio. Claro está que este 
.señor no es un Fernández cualquiera, sino de 
lo más refinado y selecto que se puede encon- 
trar entre los Fernández presentes y pasados, 
como se verá luego. 

El nombre de Enrique ya califica y da nue- 
vas luces al Fernández . Enrique es nombre 
de poeta, y precisamente de un poeta que ha 
tenido no poco influjo en la moderna poesía 
americana, es decir, de Heine. 

Enrique Fernández, por consiguiente, ya es 
un nombre sonoro y significativo, que puede 
ponerse al pie de obras de mérito : Pedro Pé- 
rez se llamaba el maestro que trazó la Catedral 
de Toledo (Petrus Petri, según la inscripción 
de su lápida .sepulcral). Pero no bastaban este 
nombre y este apellido del poeta colombiano, 
para que nos imaginásemos quien es y cómo 
debe de ser ; y para completar lo imaginado, 
se intercala esa W. forastera entre el Enrique 
y el Fernández. ¿ Será Waldo, como escriben 
algunos el castellano Ubaldo? ¿Será Willianí ? 
Sea lo que fuere, español no es, y en esa letra 
doble se descubre una faceta, un a.specto carac- 
terí.stico del modo de .ser, de la contextura es- 
piritual del señor P'ernández, como .se mués- 




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Sotografíaá) (iaprioRoéaá) i.e eK. (SJ. >^aPiea>iiefPano. 



LA ILUSTRACIÓN DEL PACÍFICO 



261 



tra en sus versos, según vamos á ver en 
seguida. 

* * 

Dígase primero cuanto malo haya que decir, 
que en substancia, es lo siguiente : 

Kl señor W. Fernández es un poeta en gene- 
ral prosaico, es muy Fernández en unas ocasio- 
nes, y en otras no es muy Fernández, sino 
muy \'V. Me explicaré. Se le ocurren algu- 
nos pensamientos poéticos, pero son más las 
veces en que, sin ocurrirsele nada, construye 
con cierta habilidad versos y versos, estrofas 
sobre estrofas, 

" de los robustos ripios ayudado," 

como dice con gracia mi ingenioso amigo An- 
tonio Palomero. Al correr de la pluma tal vez 
salta un verso ó una estrofa de verdadero jugo 
y substancia, pero á continuación viene un 
chorro de versos fríos, grises, faltos de vigor, 
que estropean el efecto. Así acontece, por 
ejemplo, en la composición titulada De tarde 
(que debe de significar A la tarde ó Por la 
tarde), en la que después de vaciedades como 
esta : 

Canta el mortal y en plácido arrebato 
en natura se abisma. 
¡ Tarde lujosa, en tu real boato 
parece todo el universo un prisma ! 

y otras cuantas estrofas por el estilo, se escapa 
una tan viva, pintoresca y exacta como la que 
sigue : 

Aquí del polvo entre la nube densa, 
con rústico desgaire 
vuela un ginete en la llanura inmensa, 
flojas las bridas, el caVjello al aire 

Lo mismo sucede, en otra composición her- 
mosamente pensada y mal escrita, pero en la 
cual con luces de diamante legítimo, brilla este 
magnífico verso que parece una máxima de 
Séneca : 

El oro es del rico, del pobre el sosiego 

Lo cual es verso, y es verdad, siempre que 
se posea la virtud que indica el título de la 
poesía citada : / Feliz quien sabe sufrir ! Este 
y todos los temas poéticos que trata el seííor 
Fernández, tiene la falta (.si falta es) de que 
en absoluto carecen de novedad : todo el mun- 
do los ha tratado, y precisamente son de los 
que más se prestan á la divagación sofíolienta 



é insubstancial, para quien no tenga ingenio 
fuerte é in.spiración fecunda. 

En esto muestra ampliamente la parte de 
Fernández puro, que hay en nuestro poeta. 
Pero todavía tiene algo peor, y todo haj' que 
decirlo : este algo es la W. la V doble. Más ó 
menos casi todos los poetas americanos, tienen 
su respectiva \V. doble entre los repliegues del 
fondo ó en las filigranas y recamos de la forma ; 
casi todos ellos son inclinados á la extravagan- 
cia y al neologismo, en sus dos acepciones, ó 
sea á la extranjería en el hablar y en el discu- 
rrir. Tienen cosSiSfarasteras y cosas extrañas 
ó estrambóticas, que las más de las veces resul- 
tan grandes tonterías. 

El señor W. Fernández emplea en sus ver- 
sos sartas de adjetivos de peregrina invención 
y extraña catadura, como no los emplea ni el 
calumniado y zaherido caballero que empren- 
dió y creo que realizó la obra de poner en verso 
la Biblia. Sí, ni al mismo Carrulla se le han 
ocurrido palabras y frases como olvidanza, ra- 
dioso argento, fulgor tre?nente, ociar, presura, 
temblosa, elaciones, etc., etc., que el señor W. 
Fernández debe de juzgar usuales y corrientes. 
Muy común es en los poetas de América, se- 
gún va dicho, este culteranismo ó gongorismo 
analógico, p;ro también padecen, y entre ellos 
el señor Fernández, de culteranismo sintá.xico, 
de conceptismo, y en no pocos pasajes, de 
prosaísmo evidente. 

Véase, con pruebas, la verdad de esto : 

Huye azotada la fugaz neblina, 
"cual una noche blanca " 



Al grato soplo de las frescas brisas 
" bailar parece el anchuroso puerto... 



i Fárrago de tristeza y alegría , 
abismo de valor y cobardía, 
fragua de la verdad y del error ! 



¡ Oh si el abismo de los cielos fuera 
" un abismo hacia abajo," 
me arrojaría en su infínita anchura, 
á disfrutar la muerte en los espacios ! 

Ya creo haber indicado en artículos ante- 
riores que la culpa de esas noches blancas, de 
esos abismos hacia abajo, y de esos puertos bai- 
larines, la tiene el señor Rubén Darío, con su 



262 



LA ILUSTRACIÓN DEL PACIFICO 



afán de salir por registros inesperados y de 
buscar nuevos caminos á la inspiración poética 
de sus compatriotas y convecinos de América. 
El señor \V. Fernández vale más que don 
Rubén, aun cuando no tenga una fantasía tan 
lujuriante, como ellos dicen, ó sea tan volcá- 
nica y arrebatada. Y ahora vamos á ver por 
qué razones vale más el señor W. Fernández, 
en mi opinión, pues los que no .somos críticos 
debemos dar razones de lo que sostenemos, con 
objeto de que nadie pueda llamarse á engaño. 

* * 

Digo que no tiene mucha fantasía el señor 
W. Fernández, en el sentido usual de la pala- 
bra : que no es hombre de concepciones atre- 
vidas, inauditas y extraordinarias, ni tampoco 
se muestra aficionado á revestir de phocbus 
aparatoso lo que dice ó quiere dfcir : mas si 
nos atenemos á las tres condiciones indispen- 
sables que el gran Duque de Rivas, si no re- 
cuerdo mal, exigía á los poetas, encontraremos 
que el señor W. Fernández, en casi todas sus 
poesías piensa alio y sienic hondo, aunque no 
siempre hable claro, y esto ya es mucho, en los 
tiempos poéticos que corren. 

Lejos, muy lejos del ánimo del señor W. 
Fernández el problema religioso, como decían 
hace algunos años ( ya no se dice e.so ) en el 
Ateneo de Madrid. 

El señor W. Fernández es un creyente .sin- 
cero, convencido y hasta fervoroso, y la prueba 
de ello es que lo mejor de sus poesías, lo más 
elegante, lo verdaderamente bello y digno de 
ser recordado con gu.sto, es lo que se inspira, 
sin duda ni vacilación, en nuestros inmortales 
líricos cristianos, lo que parece bebido en las 
mismas puras fuentes de éstos. Tal se ve en 
la composición titulada El filtinw día : 

Y gime el valle, el monte 
ante Dios, cuya ira resplandece 

de horizonte á horizonte : 
toda la humanidad allí parece 
y se apiña y se encorva y estremece. 

Ya toda humana gloria 
al polvo fué ; del polvo procedía 

y huyó hasta su memoria. 

Y uno sólo es Señor, el que con pía 
mano hace mundos y la luz envía 

Habla Dios y al acento 
mayor que el trueno, póstranse las gentes, 
ábrese el firmamento ; 
I 



y gozosas escuchan las ardientes 
hondas mazmorras el crujir de dientes 

Con recia mano arranca 
al hipócrita, asiento de falsía 

la vestidura blanca, 
y publica el loor de quien vivía 
reputado rüín y el bien hacía 

Noble y hermoso ejemplo da con esto el 
señor W. Fernández, y severa lección á los 
poetas americanos que se dejan llevar de los oro- 
peles de la poesía francesa, inglesa ó germánica ; 
provechosa advertencia para los que, escri- 
biendo en lengua castellana, quieren expresar 
conceptos completamente extraños á ella. Así 
resulta que sin tener el señor W. Fernández 
la imaginación poderosa de otros poetas de 
América, no haj- entre estos ninguno capaz de 
construir estrofas como las siguientes, en las 
que el vate colombiano .se acerca á las mayores 
alturas de nuestra lírica : 

Aquí, mirando al cielo 
desde oculta morada campesina, 

extraño yo al señuelo 

de la ambición mezquina, 
corre el vivir cual honda cristalina. 



¡ Ay del hombre apegado 
en donde sólo es cierta la mudanza, 

que sólo en el pasado 

lo no mudable alcanza, 
ya cual ruina, no como esperanza ! 

Cercado de pasiones 
escaso de saber y de inocencia, 

alimenta ficciones, 

desoye la conciencia 
y allí está el mal do pone su querencia. 

Malgasta en devaneos 
el sentido del bien que á Dios le inclina ; 

fabricando deseos 

por do ciego camina, 
no ve que deja flor y coge espina 

El tráfico y ruido 
con que turba la paz el largo día 

se fueron , y al oído 

confusa melodía 
pone vago deleite y extasía. 

El campo vierte aromas 
y en la brisa el olor se desparrama ; 

sobre las verdes lomas 

rastrera se derrama, 
alegrando la vista, inquieta llama. 

Por la tendida vega 
lento se explaya murmurando el río, 

en hoja que se pliega 

por prado y bosque umbrío 
va colgando diamantes de rocío. 



/.A ¡IMSTRACION DEL PACIFICO 



263 



Así en gotas se baña 
de enamorada virgen inocente 
la púdica pestaña 
cuando en el sueño siente 
casta sombra pasar del bien ausente., 



ITuesíros (Brababos. 



Lástima es y grande que á un hombre capaz 
de componer versos tan sabiamente concerta- 
dos como esos, en los que se advierte el empa- 
que señoril y la grave nobleza de nuestros clá- 
sicos, se le ocurra espaciar su inspiración á 
veces en rimas decadcntistaí interminables é 
insufribles, que no se pueden leer sin tomar 
aliento, y que parecen versos de regular medida 
estirados, cuya conteniplación produce el mismo 
efecto que la de una cara vista en un espejo 
convexo. Y, con todo, hasta en esos versos, 
que parecen los más filosóficos de todos los del 
sefior W. Fernández, hay algo digno de estima, 
como algunas estrofas que trascribo para ter- 
minar : 

Las frases sublimes jamás por la mente compuestas 

han sido ; 
el hombre es un arpa ; y el dedo divino la pulsa 6 la 

hiere, 
y entonces unidas á dulce sonrisa ó á triste gemido, 
palabras que viven por siglos y siglos el labio profiere.... 

Muy poco hay del hombre, por cierto, en las obras 

maestras humanas, 
el mágico alambre que el verbo trasmite del orto al 

Poniente 
es débil imagen del diálogo antiguo que en voces 

arcanas, 
perdura sin tregua entre el hombre egoísta y el cielo 

clemente. 

No son nuestros tiempos, de torpes cinceles y tintes 

sensuales, 
los tiempos gloriosos y altivos del arte, en que espíritus 

nobles 
en mármol y en lienzo engendraban criaturas al ángel 

iguales, 
y Eneidas hacían al son de las fuentes y al pie de los 

robles. 



El cielo es la patria sin odios, ni ausencia, ni error, 

ni falsía : 
de noche estrellado cuan tierna, cuan triste nostalgia 

difunde ; 
¡la estrella que asoma parece mirada que Dios nos 

envía ! 
¡ párese mirada que Dios nos reserva la estrella que se 

hunde ! 

¡ Mirad cómo al cielo señalan cual mano al mortal 

bienhechora 
la roca y el árbol, la torre y la flecha, el ave y la 

arista : 
y á él por instinto va el rostro que ríe y el rostro que 

llora , 
va el lento del sabio, la faz del viajero, el pincel del 

artista ! 



Publicamos en nuestro presente número 
algunas composiciones del ameritado artista 
señor Valdeavellano, cuya fotografía "El Si- 
glo XX " es, sin disputa, el mejor estableci- 
miento de su clase en Guatemala. 

Los lectores de La Ilustración del Pa- 
cífico han de ver con gusto esas preciosas 
muestras del arte nacional. 

Nuestros lectores de Quezaltenango han 
de ver con gusto en el presente número, el 
grupo que representa á los empleados de la ofi- 
cina de telégrafos de aquella importante ciudad. 



Ilotas íipcrsas. 



Nuestro apreciable suscriptor, señor don 
Felipe Yurrita Castañeda nos participa de San 
Marcos su enlace con la bella señorita Fran- 
cisca Maury de León. 

Auguramos á la simpática pareja una per- 
petua luna de miel. 

— Los hermanos don Samuel L. y don Ja- 
cobo Maduro, que tan bien sentada tienen 
aquí su reputación de honrados comerciantes, 
.se han servido despedirse de nosotros y, por 
nuestro medio, de todas sus numerosas ami.s- 
tades. Parten para el extranjero, donde per- 
manecerán algunos meses, j Feliz viaje ! 



F. Navarro y Ledesma. 



Sensible fallecimiento. 

El sábado 22 del mes de mayo por la noche, 
y de.-pués de larga enfermedad, dejó de existir 
el eminente literato y distinguido hombre pú- 
blico Doctor don Lorenzo Montúfar, que tanto 
y tan notablemente figuró en la política y en 
las letras Centro- Americanas, y cuyo nombre 
ilustre había traspuesto nuestras fronteras y 
héchose notable en todo el Nuevo Mundo. 

Tanto el Gobierno como muchos círculos 
sociales, hicieron expontáneas y merecidas de- 
mostraciones de pesar por la muerte del Doctor 
Montúfar. 

Al deplorarla sentidamente. La Ilustración 
DEL Pacífico, envía sus expresiones de con- 
dolencia á la familia del ilustre finado, á la 
cual desea toda la resignación necesaria para 
soportar golpe tan rudo. 



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cimiento i>erfecto de la lengua nacional ; y de que los cursantes 
de "Ciencias y Letras" podrán hacer simultíineamciite con 
los estudios del Bachillerato, los correspondientes á la carrero 
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DIRECCIÓN : 

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